1. No hay tanta distancia entre lo que tus hijos saben de la tecnología y lo que sabes tú.

Nuestros hijos no saben más de tecnología que nosotros. Saben cosas diferentes. Puede que nosotros nos manejemos mucho mejor que ellos en ámbitos distintos de la tecnología. Aquí puede surgir un aprendizaje mutuo, en el que nosotros les ayudemos a mejorar su relación con la tecnología y en el que ellos nos enseñen cosas nuevas que saben hacer y nosotros no.

2. Todo comienza con una conversación.

El modo principal de educar y hacer reflexionar a los más pequeños en el entorno digital es conversar con ellos. Podemos comentar noticias con ellos, o pedirles su opinión sobre cuestiones de ciberseguridad para ver cómo actuarían en casos concretos.

Estas conversaciones también pueden surgir a partir de comportamientos nuevos o distintos que percibamos en ellos.

3. Los problemas “tecnológicos” no siempre son tecnológicos.

Las mayores preocupaciones de los niños y adolescentes muchas veces tienen que ver con el modo de gestionar sus emociones en relación con la tecnología. Es decir, el acompañamiento digital no se diferencia mucho del acompañamiento en general. Aunque el contexto tecnológico sea un poco distinto al que estamos acostumbrados, las alegrías, decepciones o tristezas de un niño suelen tener que ver con relaciones humanas y el modo de percibirlas. Enseñarles a valorar las diferencias entre el contexto digital y el físico puede ser muy positivo para que también aprendan a gestionar sus emociones.

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