Hace poco surgió una noticia publicada recientemente en los medios de comunicación: un padre había acudido a los tribunales para impugnar dos de las tres asignaturas suspendidas por su hijo en primero de Bachillerato y solicitar que pudiera incorporarse provisionalmente a segundo mientras se resolvía el procedimiento judicial. El Tribunal Superior de Justicia rechazó esta medida provisional, aunque la reclamación sobre las calificaciones seguía pendiente de resolución.
Esta noticia abrió una conversación sobre el papel de las familias en la educación, la autoridad del profesorado, la sobreprotección y la importancia de enseñar a nuestros hijos a afrontar las dificultades.
¿Ayudamos a nuestros hijos o les estamos sobreprotegiendo?
Más allá del caso concreto, que tiene sus propias circunstancias y merece ser tratado con prudencia, considero importante preguntarnos cómo estamos acompañando a nuestros hijos cuando aparecen los suspensos, las dificultades o los conflictos escolares.
Como madres y padres queremos lo mejor para ellos. Nos preocupa que sufran, que fracasen o que tengan que enfrentarse a situaciones desagradables. Pero en ocasiones, con la intención de protegerlos, podemos terminar resolviendo dificultades que necesitan aprender a gestionar por sí mismos.
Proteger no significa evitar que nuestros hijos se equivoquen, sino ofrecerles la seguridad y los recursos necesarios para aprender de sus errores.
La importancia de aprender a tolerar la frustración
Suspender un examen, recibir una corrección o no conseguir lo que uno desea puede generar tristeza, rabia, vergüenza o frustración.
Estas emociones forman parte de la vida y necesitan ser comprendidas y acompañadas. Desde la educación emocional debemos ayudar a nuestros hijos a identificar lo que sienten, comprender qué ha sucedido y pensar qué pueden hacer para mejorar la situación. No se trata de quitar importancia a sus dificultades ni de dejarlos solos ante ellas. Se trata de acompañarlos sin sustituirlos, enseñándoles a asumir responsabilidades y desarrollar autonomía.
Familia y escuela: necesitamos trabajar juntos
Otro de los aspectos importantes es la relación entre las familias y el profesorado. Los docentes necesitan sentirse respaldados en su labor educativa, y las familias tienen derecho a expresar sus preocupaciones, solicitar explicaciones y participar en las decisiones que afectan a sus hijos.
Pero debemos aprender a gestionar los desacuerdos desde el diálogo, el respeto y la colaboración y sobre todo situándonos en un ámbito de confianza. La familia ha de ver al colegio como un compañero de viaje que ayuda en el camino educativo de los hijos. La educación necesita adultos capaces de escucharse, dialogar y buscar soluciones pensando en el bienestar y el desarrollo de los niños, niñas y adolescentes. Al colegio y la familia le interesa lo mismo sobre el niño o niña en cuestión: su felicidad.
Educar también implica preparar para la vida
Es importante combinar el afecto con los límites, la comprensión con la responsabilidad y el acompañamiento con la autonomía. Nuestros hijos necesitan saber que estaremos a su lado cuando tengan dificultades, pero también necesitan descubrir que son capaces de afrontarlas. Porque ni el miedo educa ni la sobreprotección ayuda a crecer.
Siempre es conveniente reflexionar sobre cómo educar a nuestros hijos para que crezcan emocionalmente seguros, responsables y autónomos.
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